El apartheid, que significa "separación" en afrikaans, fue un sistema social impuesto por los gobiernos de minoría blanca en Sudáfrica, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Los afrikanners, blancos descendientes de los colonos neerlandeses, argumentaban que la discriminación contra los negros estaba basada legalmente en que éstos no eran ciudadanos de Sudáfrica, sino de otros estados independientes dentro del país, por lo que no podían tener los mismos derechos.

Mediante una serie de leyes discriminatorias, a los negros se les sacó de sus casas, se les marginó en guetos y se les prohibió la libre circulación por el territorio. No se les dejaba abrir negocios ni tener tierras. Edificios públicos como juzgados u oficinas de correos disponían de accesos diferentes y colas separadas para blancos y negros. Había autobuses sólo para negros, hospitales sólo para negros, escuelas sólo para negros. Los transportes, colegios y centros sanitarios de los blancos eran propios de cualquier país desarrollado, los de los negros sencillamente eran una auténtica mierda.

Un día, los negros, que eran negros pero no tontos, se dieron cuenta de que formaban un abrumadora mayoría (80-20% respecto a los blancos, si simplificamos el porcentaje sin contar indios y mestizos). Así que decidieron revelarse allá por los años 70. La ola de violencia fue creciendo hasta llevar al país a un auténtico caos: disturbios, caida de la moneda hasta límites insospechados, estados de emergencias... en fin, Sudáfrica se hundió en la puta miseria.

Ante tal panorama, la comunidad internacional presionó al gobierno sudafricano para que acabara con el apartheid, un sistema que además de atentar contra los derechos humanos más fundamentales se había revelado como ruinoso no sólo en el ámbito político y social sino también en el económico.

En 1990, el presidente De Klerk inició el proceso de abolición del apartheid, liberó a Mandela y convocó elecciones. En el 94, los negros pudieron votar por primera vez y Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica. Después de él, llegó Mbeki y luego Zuma, que es el presidente actual. Todos negros, por supuesto.

Petra, la dueña del Pelenechi Manor, tiene unos 60 años, es afrikanner, protestante y está casada. Tiene un marido, dos hijas, una nieta y un perro. Y es fundamentalmente una buena persona. Sus orígenes, la época que le ha tocado vivir y sus circunstancias han determinado su forma de pensar respecto al apartheid. Un discurso argumentado, sereno, lógico desde su punto de vista, pero que no comparto en absoluto.

Dice que, ahora, lo que existe en Sudáfrica es una apartheid de los blancos. Que el gobierno se lo da todo a los negros, becas, contratos, subvenciones, todo. Es lo que nosotros llamamos discriminación positiva. Se queja de que, después de Mandela -"él sí que nos respetaba", apunta con nostalgia- los gobiernos de Mbeki y Zuma sólo han hecho que "marginar a los blancos y robar a Sudáfrica".

Nos cuenta escandalizada que Zuma es un putero corrupto (tiene tres mujeres oficiales y no sé cuantas amantes), que ha colocado a sus amigos en el gobierno y que da concesiones, sin respetar los concursos públicos, a cambio de un 10 %. No entiende cómo no me sorprende, y yo le digo que eso en España es práctica corriente entre los políticos y que, si no recuerdo mal, todos ellos son blancos. Ella me responde que aquí, cuando mandaban los blancos, en Sudáfrica no se robaba. Pienso que quiza tenga razón. Total, ¿para que iban a robar, si ellos eran los dueños del país y los negros sus esclavos? Eso sí, le insisto en que veo lógico que los negros, después de siglos sin tener nada, ahora quieran arrasar con todo aprovechando que algunos por fin están en el poder. 

Petra no entiende por qué se ha criticado tanto el apartheid cuando, por ejemplo, en Estados Unidos la segregación racial era, en la práctica, "igual o peor" que en Sudáfrica. Alberto le matiza, con buen criterio, que igual, igual no era, y que, en todo caso, allí nunca han tenido leyes que la amparen.

Mira Petra, le digo. Las cosas no habrán cambiado tanto en esto últimos veinte años cuando tu eres una mujer blanca que regenta una casa de huéspedes y todas tus empleadas -las que lavan, planchan, cocinan, cuidan de los animales y que, por cierto, le llama 'omá'- siguen siendo negras. "Yo también tengo empleados blancos", me contesta airada. "¿Ah sí, dónde están?", le interrogo. "Trabajan en mi empresa de autobuses".

'No hase falta desir nada mas'...