No sé si os pasa lo mismo, pero a mí, cuanta más policía veo a mi alrededor más sensación de inseguridad tengo. Si este es un parámetro válido para medir la inseguridad de un país, Sudáfrica debe ser ahora mismo el país más inseguro del mundo.

Lees que han asaltado el hotel donde se aloja la prensa que sigue a Portugal, que han robado a tres jugadores de la selección griega o atracado a cuatro reporteros chinos, y piensas para qué coño sirven esas docenas de miles de policías que ves por todas partes: apostados en las carreteras, regulando el tráfico de las principales ciudades, controlando el acceso a los hoteles, custodiando las entradas y salidas de los aeropuertos...

La percepción que uno tiene, al menos aquí en Nelspruit, es que no hay para tanto, que no te puede pasar nada malo si actúas con un mínimo de sentido común. Sin embargo, Petra, la dueña de la casa donde estamos alojados (otro día os contaré más cosas de ella), se empeña una y otra vez en meternos el miedo en el cuerpo.

Se pasa el día explicado historias -en su inglés con acento afrikanner- de vecinos blancos que han sido atracados, robados o asaltos por 'bad black people' como dice ella, al menor descuido. Cada mañana nos pide que le digamos adónde vamos, a qué hora volveremos, y nos regaña cuando lo hacemos tarde. Y para ella, ya es tarde en el mismo momento en que se hace de noche, algo que aquí sucede a partir de las cinco.

El otro día se nos ocurrió pasear por el centro del Nelspruit. Todavía era de día. Éramos los únicos blancos que había por la calle, pero no percibimos ninguna mirada de hostilidad, ni siquiera de extrañeza, a nuestro alrededor. Hasta nos animamos a hacer un poco de shopping. En una tienda deportes le preguntamos a la dependienta por la posibilidad de tomar algo en algún pub del downtown y nos respondió que no era seguro, que mejor que nos fuéramos a un centro comercial, donde hay aparcamientos privados y guardias de seguridad que velan por tu idem.

Aquí, los malls son para los blancos y los negros ricos; las calles, para los negros pobres. A Alberto y a mí nos gusta callejear, pero tenemos la mala suerte de que no somos negros. Además, en Sudáfrica no sólo somos turistas; somos turistas blancos, que aún es peor. No estoy acostumbrado a sentirme inseguro, a vivir con miedo. Tampoco a coger el coche cada vez que quiero desplazarme unos pocos pasos.

Pero Sudáfrica es así, bella, enorme, espectacular, pero también una cárcel gigante en la que el paisaje se ve sesgado, a cada pocos metros, por vallas de espino, cercas electrificadas y barreras de seguridad. Pese a todo, Alberto y yo lo seguimos intentando -un restaurante aquí, una cerveza allá, una vuelta por la fan zone de los Bafana Bafana- en busca de la ansiada normalidad. Eso sí, siempre procuramos volver pronto, para que mamá Petra no se enfade. Ya se sabe que en Sudáfrica la gente vive de sol a sol, y si algo sucede de noche, casi siempre es algo malo...